Cuando amar es complicado: Confesiones de un alma necesitada de misericordia parte 2

¿Alguna vez has conocido a alguien que te haga voltear a ver a Dios y preguntar: “¡¿Por qué amar a esta persona es tan difícil?!” Últimamente me he hecho esa pregunta muchas veces. Sin embargo, Jesús me ha ido enseñando algunas cosas que quiere que aprenda. Así que, con la esperanza de que tu lucha se sienta un poquito menos solitaria y menos pesada, quiero compartirlas contigo.

 

Quiero empezar aclarando que no soy experta, sino alguien a quien le cuesta amar cuando no es fácil y que se frustra con facilidad. Aun así, estoy decidida a no rendirme, porque quiero convertirme en la mejor versión de mí misma y creo firmemente que esa versión ama sin condiciones. En ese mismo espíritu, quiero decirte que ¡tu mejor versión también puede amar de manera incondicional! Al final, Jesús anhela que vivamos la vida en plenitud y ¿hay algo más llenador que el amor incondicional?

 

Así que entremos en tema y ¡seamos honestos! A veces, amar a ciertas personas se siente como una carga muy pesada; pensamientos que se enfocan en sus pecados, vicios o heridas invaden nuestra mente y poco a poco nos volvemos amargos, frustrados y resentidos con ellos. No intento hacerte sentir culpable, pero por el bien de tomar conciencia, date una vuelta por la siguiente lista:

 

“Ugh, si tan solo no fuera así, yo sí podría…”
“¡Ya debería madurar!”
“¿Por qué es tan… (molesto, intenso, necesitado, horrible, tóxico…)?”
“¿Por qué no puede… (ser diferente)?”
“¿No se da cuenta de lo difícil que es?”
“No se esfuerza lo suficiente…”
“¿De verdad no le importa?”
“Esta persona siempre hace lo mismo. ¿Para qué lo intento?”
“Esta persona es un/a… (carga, patán, desastre, peso muerto… ¡tú ponle!)”
“¿Qué le pasa a esta persona?!”
“Ya estoy harta/o de esta persona…”
“NO voy a lidiar con esta persona…”
“Esta persona nunca va a cambiar”
“Esta persona no tiene remedio”

 

¿Cuántos de estos pensamientos reconoces en ti? ¿Cómo te hacen sentir? Si te identificas con todos, no eres el único; los escribí porque yo misma he pensado alguna versión de ellos en algún momento. Me ha pasado con gente con la que trabajo, con la que vivo y con la que acompaño, así que de verdad, no estás solo en esta lucha. Lo que sigue, sin importar cuántos reconozcas, es crecer en la conciencia de que estos pensamientos son dañinos y no ayudan.

 

El problema con todos ellos es que nacen de una actitud sin esperanza, juzgona, centrada en uno mismo y llena de etiquetas, y de lo que los psicólogos llaman el “error fundamental de atribución”. En pocas palabras: atribuimos los comportamientos que nos molestan a la identidad del otro (“así es esa persona”), mientras que nuestras propias fallas las atribuimos a circunstancias externas fuera de nuestro control (“no fue mi culpa”). Además, reducimos su identidad a esos defectos y no vamos más allá, ni consideramos la posibilidad de que puedan crecer y cambiar. Entonces pensamos que el problema son ellos, no nosotros. Pero la verdad es que también tenemos parte de responsabilidad. ¿Por qué? Porque Jesús, que ama con corazón humano, nunca tuvo problema en amar a nadie, por más que pusieran a prueba su paciencia. De la misma manera, las personas más maduras y virtuosas que nosotros suelen responder con más caridad, misericordia y paciencia.

Tenemos que luchar contra la tentación de “lavarnos las manos” y pensar: “La debilidad de esa persona es su problema, no el mío. ¿Por qué tengo que cargar con eso?” Mira, Jesús cargó con nuestros pecados y con los de todos por amor, aun siendo Él sin pecado. Y Simón de Cirene cargó la cruz de Jesús, aunque no tenía nada que ver con él. De una manera muy íntima, ese hombre compartió la Pasión de Cristo. ¿Te imaginas el fruto que eso tuvo en su vida? Jesús nos está invitando a compartir su amor sacrificial “soportándonos unos a otros por amor”, como dice san Pablo en Efesios 4,2, porque NOS HACE BIEN.

 

Así que dejemos de ponernos pretextos y reconozcamos “la viga en nuestro propio ojo”, como dice Jesús en Mateo 7,3-5. La clave no es tomar los momentos en los que amar se nos da fácil como prueba de nuestra santidad, porque lo más probable es que tenga menos que ver con nuestra caridad y más con la del otro. En otras palabras, puede que sintamos que estamos haciendo un gran trabajo, pero que la otra persona esté compensando lo que a nosotros nos falta, siendo paciente y misericordiosa con nosotros. El amor es de dos vías. En cambio, cuando estamos frente a alguien que no es tan maduro, ese “hueco” se nota, y entonces salen a la luz nuestra falta de paciencia y de misericordia.

 

Ahora bien, hay ocasiones en las que tomar distancia de alguien es justamente la manera correcta de amarle. No estoy diciendo: “Quédate con alguien que solo te hace daño, carga tu cruz a costa de tu bienestar”. Si hay abuso, deben existir límites muy claros. Como dijo un amigo: “Tenemos que aprender a encontrar un punto medio entre la idea del mundo de ‘nunca tienes que lidiar con personas difíciles’ y lo que estamos llamados a vivir como cristianos, que es crecer en la virtud de la caridad”. Una pregunta muy útil es: “Señor, ¿cómo me estás llamando a sobrellevar a esta persona?”

 

La mayoría de las veces no estamos frente a abuso, sino a inseguridades escondidas, como el miedo a sentirnos una carga. En esos casos, noto que nuestra resistencia a amar a quienes nos “pesan” choca con nuestro deseo profundo de ser amados, y de ahí nace el miedo de que otros cedan a la tentación y no nos amen, como a veces nosotros no hemos amado. En el fondo está la mentira de que no somos dignos de amor incondicional (ni nosotros ni los demás), una mentira que se instala cuando olvidamos quiénes somos en realidad.

 

San Juan de Kronstadt dijo:

 

“Ama a toda persona a pesar de su estado pecaminoso. El pecado es pecado, pero el fundamento del ser humano es uno solo: la imagen de Dios”.

 

Pensamos que nuestros defectos nos hacen indignos de amor, cuando en realidad el Padre diseñó cuidadosamente nuestras debilidades y permite nuestros pecados para que, justamente ahí, podamos encontrarnos con su amor misericordioso y darnos cuenta de que lo necesitamos a Él y a los demás. Esto nos ayuda a ver a Dios y a los otros como regalos, y así podemos dar y recibir amor verdadero.

 

Así que, cuando amar se sienta como una carga, empecemos por agradecer y alabar a Dios porque nos está dando una oportunidad de crecer en humildad (o sea, de reconocer quiénes somos en verdad) y en amor misericordioso. Miremos hacia dentro, conectemos con nuestro deseo de sentirnos amados, pidamos la gracia de dejarnos guiar por la piedad para vernos a nosotros y a la otra persona como un regalo, y perseveremos, confiando en que somos profundamente amados en nuestra pequeñez por nuestro Padre del Cielo.

 

Si fallamos, volvamos a la misericordia del Señor, para recordar que somos un regalo y que fuimos creados para amar y para ser amados, aunque todavía estemos aprendiendo a hacerlo mejor. Luego, hagámonos responsables, pidamos perdón a la otra persona e intentemos de nuevo. Poco a poco, con la providencia del Padre y la guía del Espíritu Santo, iremos creciendo en virtud, y entonces amar ya no será tan complicado.

¿Y qué pasa cuando somos nosotros los que salimos heridos porque estamos del lado de quien no supo amarnos? Bueno, siendo sincera… eso da para otro blog post completo, al que definitivamente llegaré en algún momento. Por ahora, te dejo con esta escena de película para que la medites. 

¿Qué pasaría si, cuando alguien nos hiere, repitiéramos las siguientes palabras en lugar de esos pensamientos de la lista del inicio?

 

“Te han robado el corazón que llevas dentro, pero eso no te define, eso no es quien eres… quien realmente eres” — Moana 

 

La oración de este blog:

Gracias, Jesús, porque soy un regalo digno de ser amado incluso con mis defectos, y también lo es la persona que me cuesta amar. Ayúdame a verme y a ver a esta persona con tus ojos llenos de ternura, para poder amar como Tú amas. Amén.